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11 diciembre, 2018
VIVIR PLENAMENTE
Entrevistas

Tiene 90 años, fue pionera en obtener el registro profesional y es musa de La Renga: la vida de Nelly, la “motoabuela”

Cuando Nélida Iglesias quedó viuda, conoció el viento de la ruta: recorrió 400 mil kilómetros y visitó cada rincón del país arriba de su moto. InfobaeDocs visitó la casa de la Abuela Nelly y surcó su trayectoria. Sus años como camionera, su faceta de motoviajera y la historia de admiración de Chizzo, el líder de La Renga.

Hay un triciclo eléctrico en el garage y quince motos en el living: de madera, de alambre, de hierro, arriba de la mesa, en una repisa, en el mueble. Su casa en Florida, provincia de Buenos Aires, es un museo autobiográfico. Retazos de su historia se distribuyen por las esquinas y persisten las huellas de estatuillas, trofeos, homenajes, distinciones que debió desprenderse por razones de salud. Las paredes viven cubiertas de diplomas de ciudades que la recibieron: Viedma, Ayacucho, Rufino, Chillar, Nogoyá, Junín, Pigüé, San Cayetano, el recuerdo es federal.

El triciclo eléctrico es el consuelo de su edad, la nostalgia de la plenitud. Lo usa para ir y volver del supermercado. Es consecuencia del temido devenir del tiempo. La mujer que tiene noventa años relata su chiste ensayado: “Nací en el ’28. De las tres carabelas de Colón llegaron la Niña, la Santa María y yo que venía con una Pinta bárbara”. Es Nélida Iglesias, o Nelly, o la “motoabuela” para los entusiastas de las etiquetas. Viste una campera de motociclista, le cuelgan lentes de lectura, guarda un papel en su mano que le recuerda a quién agradecerle (“La Renga, Chizzo, la Agrupación Motociclistas Solidarios y Julio”), y luce un desenfado por contar quién es y qué hizo.

Es la primera mujer en obtener el registro profesional en el país. Había cumplido 16 años y era camionera. Cuando quedó viuda, experimentó una especie de emancipación: tenía 57 años y una vida por vivir. Estuvo horas en un hogar de ancianos y salió espantada. Conoció la liberación arriba de una moto. Hizo 400 kilómetros como motoviajera: visitó las zonas de frontera de Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil, recorrió Ushuaia, todo el norte y el interior del país. Era una señora mayor, con canas y apariencia frágil, que visitaba ciudades con cartel de eminencia.

Nelly era una curiosidad para el cristal de una sociedad parida en el siglo XX. Con devoción y sed de aventura, se inició en los encuentros de motos donde, dice, conoció a una familia. Las convenciones de moteros o motoviajeros son expediciones solidarias en las que cientos de conductores salen al viento de la ruta para llevar donaciones a distintos puntos del país. Ella se convirtió en una suerte de referencia, un resumen del espíritu de la gesta. Su historia calificaba de inspiracional.

 

Gustavo Nápoli es Chizzo, cantante de La Renga. No conocía a Nelly pero sí su historia. En agosto del 2000 la banda lanzó el disco “la Esquina del Infinito”. Incluye Motoralmaisangre, una canción que remite a las profundidades del sentimiento motoquero y convalida en la categoría de música rutera. En el tema, exclama: “Revisá todo, en tu interior, para salir en la mañana detrás del sol y al ver que en la ruta hierve la sangre de tu pasión, buscá el secreto que trae el viento, búscalo…”. Habla de Nelly sin nombrarla. Alguna vez confesó: “A mí también me encantan las motos y me inspiró esa canción porque creo que para todos los motociclistas Nelly es un ejemplo de que nunca es tarde y es un ejemplo de espíritu, de libertad, de todo lo que involucra la motocicleta. Ella fue la inspiración para que yo haga este tema”.

Su liberación tardía la crió en su infancia. Su padre era un inmigrante español que recaló en el barrio porteño de Palermo cuando el arroyo Maldonado todavía no era la avenida Juan B. Justo. Hizo sus estudios en un colegio comercial pero no llegó a la facultad porque “los hijos teníamos que ayudar a los padres; sólo estudiaban los hijos de los profesionales, de los médicos, de los abogados”. Su padre repartía leche, después puso una lechería. También repartía soda, luego comenzó a fabricarla. Nelly debió cambiar de turno en el secundario para ayudarlo en el trabajo. Para que su padre no tuviera que contratar un chofer, le pidió que le enseñara a manejar el camión. Nelly era una adolescente que usaba colitas en el pelo y vestía un mameluco que le quedaba grande. “Fui la primera mujer en la República Argentina en sacar el registro profesional a los 16 años“. Era 1944: tres años más tarde se aprobaría la ley 13.010 de sufragio femenino. “Lo disfruté muchísimo. Llamaba mucho la atención porque no era común ver mujeres manejando. Fue una satisfacción para mí porque como todo ser humano era un poco vanidosa. Abría la cola como un pavo real, me sentía mirada y eso me gustaba”.

 Un día un policía me siguió a caballo en Villa Urquiza. Me vio con las trencitas, el mameluco, el camión y me tocó pito. “A ésta le hago la boleta”, habrá pensado. Cuando le mostré el registro, me dijo que dentro de poco va a manejar su hijo. “¿Qué edad tiene?”, le pregunté. “Tres meses”, respondió

En la conciencia de la calle, Nelly era un bicho raro. Confesó que muchos la miraban incrédulos, que algunos se reían y que todos le daban una entidad que evidentemente disfrutaba. También recordó a los que le gritaban: “Me decían que fuera a lavar los platos. Cuando querés pisotear a una mujer en su ego se nos dice que vayamos a lavar los platos, como si nosotras manejáramos peores que ellos. Y no, manejamos muy bien las mujeres. En todos los años que tuve el registro, nunca tuve accidentes”. Ella le enseñó a manejar a su pareja, pero el encargado de conducir el auto era él. Eran tiempos de construcciones sociales enquistadas: “Cuando tenés un esposo, tenés un sistema de vida. No podés hacer lo que querés. Si tenés un esposo, tenés que ir en su coche”. Cuando él falleció en 1985, su vida cambió. Se compró su segunda moto (“la primera fue una chiquita, una Zanellita, para llevar mercadería a los expresos porque teníamos un taller de costura”, explica) y salió a la ruta.

En la moto conoció el cielo, el aire y la lluvia. “Disfrutás la adrenalina y hasta te gusta, más allá de los problemas que puedas tener, porque si te agarra un vendaval o una tormenta empezás a decir malas palabras. En la moto vivís una sensación distinta. En un coche vas entre cuatro latas, como si fueras una sardina. Y en una moto te pueden pasar cualquier cosa, pero vivís de otra manera”, reflexiona Nelly. Durante el viaje, para quemar las horas y mantenerse alerta, interactuaba con el paisaje: “Me gustaba hacer metáforas, jugaba con lo que veía en el camino. A veces hablaba con las vacas o mirando las casas en medio del campo, me invitaba a comer: ‘ya voy Doña Faustina, prepare la comida que dentro de un rato llego para almorzar'”.

Y a veces la invitaban en serio. “Yo era toda una artista. ‘¿Cuándo viene Nelly a comer a casa?’, me preguntaban. Cuando llegaba a cada pueblo era toda una fiesta. Me esperaban de manera ansiosa, se juntaba gente en las entradas, salía en los diarios. ‘Mañana llega la Abuela Nelly’, decían. La pasaba bárbaro. Los restaurantes se peleaban por tenerme y me mandaban cartitas: ‘Nelly, hoy la esperamos para comer acá'”. En su relato se perciben rastros de emoción, orgullo y felicidad, sin melancolías.

 Cuando yo empecé a andar en moto, éramos tres o cuatro señoras nada más. Porque si había una moto en casa, la agarraba el marido. “Correte”, te decían

Su mítica Honda Rebel 250 decía “Florida” en la pantalla del frente y estaba cubierto por decenas de calcomanías. Fue su vía de escape: “Salir a la ruta era una distracción. Si no hubiera sido por la moto, no hubiese conocido todas esas ciudades. No tenía con quién salir en el coche. Pero con la moto sí porque es unipersonal, viajaba yo sola”. Nelly quedó sola aunque secundada por el clero de moteros que la acompañaban a los encuentros. Cuando no le renovaron más el registro de conducir, “vendí la Rebel y me compré este cachivache”, dice y señala su triciclo eléctrico. Confiesa que no le quedó ningún sueño por vivir: “Hice lo que se necesita en la vida. Planté un árbol, tuve una hija y no escribí un libro pero me escribieron uno (su biografía autorizada “A mí me llaman la abuela Nelly”, de Gonzalo Augusto Firpo).

Su vida empatiza con el paradigma sociocultural en auge: el feminismo, un movimiento heterogéneo que brega por la igualdad de derechos tradicionalmente reservados para el género masculino. Su visión valida la lucha: “Antiguamente la mujer tenía que quedar recluida a estudiar corte y confección. Ahora estamos a la par del hombre, ahora peleamos los empleos, ahora queremos los mismos derechos. Hay que darle lugar a la mujer. Antes teníamos que estar con el trapo de piso. Yo fui una de las primeras que dio el puntapié acá. Imaginate en el año ’44 ver una mujer manejando un camión: me miraban mal los automovilistas”.

En septiembre, Nélida Iglesias cumplió noventa años. Sus amigos moteros le organizaron la fiesta de cumpleaños. Chizzo, que había prometido cantarle la canción en privado, asistió al festejo junto a Tete y Tanque, otros integrantes de la banda. Ella se conmovió con la sorpresa: “Ellos son muy atentos y yo me siento muy reconfortada. Es un honor que mi historia haya servido de inspiración para un tema de una de las bandas más prestigiosas, una de las mejores del país”. La moto, reconoce, le hizo conocer un montón de países, de lugares y de personas que de otra manera no hubiera podido: “Le tengo que agradecer toda mi vida y toda mi alegría al motociclismo“. Allí donde Nelly, la mujer que revisó todo en su interior para salir en la mañana detrás del sol, conoció a los 57 años el cielo, el aire y la lluvia.

La abuela Nelly con su triciclo eléctrico, su campera histórica y su casco de toda la vida

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