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31 marzo, 2020
VIVIR PLENAMENTE
Editoriales

El síndrome del abuelo esclavo

Cuando los mayores se vuelven niñeros de tiempo completo.

Los movimientos sociales y los cambios socioeconómicos han transformado la configuración familiar. La inserción del sexo femenino en el mercado laboral, la cual ha ido en aumento desde la Segunda Guerra Mundial, permitió a la mujer ampliar su realización personal mediante la práctica de oficios remunerados y el desarrollo profesional. Así, se vio orillada a destinar parte de su tiempo a las jornadas de trabajo y, con ello, dejar de dedicarse al cien por ciento a la maternidad y a las tareas domésticas. Ahora, la crianza de los hijos y el cuidado del hogar, en el mejor de los casos, se dividen equitativamente entre la pareja. 

Pero, en un mundo donde el poder adquisitivo de la población disminuye continuamente, que ambos padres trabajen ya no es una opción, sino una necesidad. A veces, aunque las tareas se dividan entre ambos, quedan huecos durante el día en los que no pueden hacerse cargo de sus hijos porque deben cumplir con un horario laboral. Peor si se trata de madres o padres solteros o viudos, que representan el 18 por ciento de las familias en México, según la Encuesta Nacional de los Hogares 2017 aplicada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Es ahí donde entra en juego otra figura familiar: los abuelos.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

UNA SEGUNDA PATERNIDAD

Al trabajo de los padres hay que agregar la errónea idea de que las personas de la tercera edad “ya no tienen nada que hacer” para que el cuidado de los nietos se extienda incluso más allá del horario laboral de los hijos: cuando salen con los amigos, cuando van a un viaje de placer o cuando simplemente quieren un momento tranquilo sin tener que estar vigilando a un niño.

Poco a poco los abuelos se quedan a cargo de los nietos durante cada vez más horas a la semana, muchas veces sin que los papás de los infantes siquiera pregunten si desean o pueden hacerlo. Los más viejos de la familia no suelen poner reparo a esto, pues se sienten útiles al ser de ayuda a sus hijos y, además, una y otra vez se dicen: “¿qué clase de abuelo no sería feliz de compartir momentos con sus nietos?”.

Sin embargo, llega un momento en que comienzan a sentirse realmente extenuados y no les queda energía para otra cosa que no sea cuidar a los pequeños; empiezan a manifestar molestias físicas, sobre todo dolores de espalda, derivadas del trabajo físico que implica cuidar a un menor; las actividades que les interesaban dejan de parecerles emocionantes porque han perdido motivación; ya no hacen esfuerzo por mantener una vida social y, en general, dejan de tener tiempo para sí mismos.

Estos síntomas no deberían ser vistos como normales al ejercer este rol familiar. De hecho, forman parte de lo que se conoce como síndrome del abuelo esclavo, que aparece cuando el adulto mayor es forzado a llevar el equivalente a una segunda paternidad (la de sus nietos) cuando ya no está en condiciones físicas ni mentales para ello.

CUANDO SE DETECTA

En declaraciones para el periódico El Mundo, Manuel Nevado, psicólogo de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, explica que el problema rara vez es tratado porque los abuelos no suelen poner límites a las peticiones de sus hijos, ya que temen decepcionarlos o causarles dificultades en su ya ocupada vida. Pero esta negación a aceptar el problema puede causar niveles de estrés tan altos que deriven en depresión, por lo que es necesaria la comunicación al detectar uno o varios de los síntomas antes mencionados.

Es necesario permitir que los abuelos organicen su tiempo, pues no es su obligación estar siempre disponibles para cuidar a sus nietos. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Es tarea de los papás de los menores estar atentos al grado de cansancio que manifiestan los abuelos, para detectar cuando se les piden favores que van más allá de su salud mental y física. Si no es así, está en los abuelos iniciar una conversación con sus hijos para tomar medidas cuando el cuidado de los nietos se ha vuelto la única actividad que pueden realizar, pues deben recordar que quienes están en la vejez tienen todo el derecho de organizar su propio tiempo. 

Así, pueden buscarse soluciones como solicitar el apoyo de otro familiar o, de ser posible, la contratación de una niñera durante al menos un día a la semana. Además, se pueden explorar otras actividades para el niño en caso de que el abuelo no vaya a estar en casa. El objetivo es tratar de equilibrar el ritmo de vida de las tres generaciones sin que a una de ellas se le niegue su realización personal.

LA 4T SE LAVA LAS MANOS

En muchos casos, ese balance es difícil de lograr por razones que van más allá de la voluntad de los integrantes de la familia. Como se mencionó anteriormente, la precaria economía de los hogares mexicanos obliga a los padres a someterse a largas jornadas laborales. En ocasiones, hasta los propios abuelos buscan actividades que les generen ingresos. Cabe mencionar que en 2018, el 26 por ciento de los adultos mayores no contaban con una pensión ni estaban inscritos a algún programa social, es decir, se trata de un grupo poblacional altamente vulnerable. 

Aun así, la Encuesta Nacional de Empleo y Seguridad Social 2013, realizada por el INEGI, revela que el 61 por ciento de los tres millones de niños que se quedan en casa (no van a guardería), se encuentran bajo vigilancia de las abuelas durante varias horas cada día, sin ningún tipo de retribución para la cuidadora.

Las personas de la tercera edad son un sector sumamente vulnerable en México. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Ante estos problemas, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ofreció una solución ampliamente cuestionable a inicios del 2019: quitar presupuesto a estancias infantiles, alegando irregularidades en estas instituciones, y ofrecer dinero directamente a los familiares de los 300 mil niños inscritos. Reciben mil 600 pesos bimestrales por infante. 

“Se puede ayudar a la abuela que va a cuidar a los niños, quizá mejor que las propias estancias infantiles”, mencionó Carlos Urzúa, exsecretario de Hacienda, apoyando la iniciativa.

Con esta declaración, perpetúa el ciclo en que un grupo desprotegido (mujeres de la tercera edad) se hace cargo de otro igualmente vulnerable (niños en la primera infancia) sin que el Estado tome cartas en el asunto.

“Un primer riesgo (de recortarles recursos a las estancias) es que se recargue en las mujeres y las familias el trabajo de cuidado. Un segundo riesgo es que no llegue ese dinero a las mujeres que hacen ese trabajo y un tercer tema es que el Estado debería propiciar las condiciones para que cuidar fuera una opción y no una obligación”, señala Christian Mendoza, del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, en una entrevista para Animal Político

La escasa cantidad ofrecida no compensa el desgaste físico y mental que pudieran tener los abuelos, ni el tiempo que deben invertir en el cuidado de un niño cuyos padres compiten en un mercado laboral agresivo y precario. Bajo estas condiciones en que los adultos mayores no tienen opción de elegir, la responsabilidad de proteger a los más vulnerables no es sólo de las familias, sino también del Estado, pues la vida en vejez no debería estar cargada de responsabilidades que no corresponden.

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