Jerusalén en Shabat: cuando el tiempo se detiene y la historia respira.
Por Mirian Blanchard, desde Israel.
Hay momentos en los que el periodismo se cruza con la biografía.
Llegué a Israel el sábado por la mañana, invitada a participar de la 7° Misión de Periodistas Latinoamericanos organizada por B’nai B’rith. Venía con agenda, con preguntas, con lecturas previas. Pero nada de eso preparó del todo lo que significó vivir mi primer Shabat en Jerusalén.
La ciudad me recibió en silencio.
No un silencio vacío.
Un silencio lleno.
Las calles estaban más calmas. Las puertas cerradas. Las familias caminando juntas, sin prisa. Niños de la mano de sus padres. Personas mayores avanzando despacio, como si el tiempo no empujara. El aire tenía otra textura.
Era Shabat.
Como judía, lo he vivido siempre. Pero vivirlo aquí es distinto. Aquí no es solo una decisión personal o familiar. Aquí la ciudad entera acompasa el ritmo. Israel es el único país del mundo cuya vida pública se organiza, en gran medida, según las normas del judaísmo. Y cuando eso ocurre, el descanso deja de ser individual y se vuelve colectivo.
Para quienes provienen de una tradición católica, podría decirlo así: el Shabat es para nosotros lo que el domingo es para ustedes. Un día para Dios, para la mesa compartida, para la pausa. Pero aquí esa pausa se siente en las calles.
Lo que más me conmovió no fue el cierre de los comercios ni la ausencia del transporte. Fue la transmisión.
Vi abuelos caminando con sus nietos. Vi niños repitiendo gestos antiguos. Vi generaciones unidas por una práctica que atravesó siglos de exilio, persecución y reconstrucción.
En Jerusalén, la historia no está en los libros. Camina.
Al día siguiente, la agenda cambió de tono. Reuniones diplomáticas, análisis geopolítico, recorridos por la Ciudad Vieja. Y el lunes, territorios marcados por el dolor reciente: Sderot, el kibutz Kfar Aza, el sitio conmemorativo Nova, el hospital Soroka.
En pocas horas pasé del silencio sagrado al impacto de la realidad cruda. Y entendí algo con claridad: esta tierra no se puede mirar con simplificaciones.
Aquí conviven identidad y diversidad. Religión y modernidad. Devoción y debate. Silencio y sirenas.
Como judía, el Shabat en Jerusalén me atraviesa.
Como periodista, caminar estos lugares me exige profundidad.
Porque cuando la emoción es intensa, el riesgo es reaccionar. Y el desafío es comprender.
No desde la consigna.
Desde la experiencia.
En estos primeros días, Israel no se me presentó como un eslogan. Se me presentó como una complejidad humana.
Y eso, para quien ejerce el periodismo, es una responsabilidad.
Porque el periodismo no reduce realidades complejas.
Las explica.




