Del “yo” al “nosotros”: el desafío invisible de nuestra época. Por Tona Galvaliz
-Desarrollo Humano- “La fuerza de una sociedad que se cuida” Hay momentos en que sentimos que el piso se nos mueve, lo que parecía seguro deja de serlo, los planes necesitan acomodarse y el futuro ya no se ve tan claro; y no es algo que les pase solo a unos pocos: hoy muchas personas conviven con el cansancio emocional, la preocupación económica, la ausencia de certezas, es acá donde una pregunta aparece silenciosa: ¿cómo seguimos cuando todo cambia?
En estos escenarios, la vida social se percibe más áspera, las urgencias personales crecen, la incertidumbre inquieta y, casi sin notarlo, podemos quedar atrapados en una lógica individualista donde “salvarse como se pueda” parece la única salida; pero, sin embargo, cada época desafiante también nos invita a despertar una conciencia más amplia: la de sabernos parte de un mismo tejido humano, donde de algún modo estamos todos entrelazados.
Vivir en comunidad no es solo compartir un espacio; es comprender que nuestras acciones siempre impactan en la vida de otros; el respeto, por ejemplo, es mucho más que una norma de convivencia: es reconocer la dignidad del otro aun cuando piense distinto o su realidad y modo de ser, sea muy diferente de la nuestra, una sociedad respetuosa se vuelve más habitable, más confiable y más humana.
El compromiso social tampoco requiere gestos extraordinarios, simplemente empieza en lo cotidiano: cumplir con la palabra dada, cuidar los espacios comunes, ser responsables en nuestras tareas, cuidar lo nuestro e involucrarnos cuando algo necesita mejorar, son actos silenciosos que, sumados, construyen una cultura de confianza y saludable armonía con acuerdos colectivos.
La empatía es otro aprendizaje esencial de este tiempo, recordar que cada persona libra batallas invisibles suaviza la mirada y modera los juicios, cuando la empatía crece, disminuye la indiferencia e intolerancia; y donde la indiferencia retrocede, el lazo social se fortalece.
Pero hay algo aún más profundo: la responsabilidad con el bien común, este concepto nos recuerda que el bienestar personal difícilmente se sostenga en una comunidad fragmentada; nadie florece de verdad en un entorno donde predomina el conocido “no es mi problema”.
Tal vez convenga preguntarnos con honestidad: ¿qué tipo de sociedad estamos ayudando a crear con nuestras actitudes diarias? Porque el bien común no es una idea abstracta ni tarea exclusiva de las instituciones; es una construcción permanente que comienza en cada conciencia.
En ciudades con una identidad cercana y solidaria, como la nuestra, existe un capital humano invaluable: la proximidad, el saludo, la ayuda espontánea, la sensación de pertenencia y cuidar ese espíritu también es una forma de responsabilidad social; cuando se pierde la cercanía, la comunidad se vuelve apenas un conjunto de individuos que coexisten sin encontrarse, ni vincularse.
Los tiempos de cambio pueden ser una oportunidad para madurar colectivamente, momentos valiosos que nos invitan a pasar del “yo primero” al “nosotros”, a comprender que la verdadera fortaleza social no nace de la uniformidad, sino de la colaboración comprometida.
Quizás la conciencia social sea, en el fondo, un despertar interior: entender que cada gesto cuenta, que toda acción irradia y que siempre estamos influyendo, para bien o para mal, en el mundo que habitamos.
Entonces, frente a este presente que nos desafía, podría emerger una pregunta sencilla pero transformadora: ¿Estoy viviendo solo para mis propias necesidades o también para el bienestar del entramado humano del que formo parte?
Porque cuando el respeto, la empatía y el compromiso dejan de ser ideales y se vuelven práctica cotidiana, aparece la verdadera fuerza de una sociedad: la de las personas que eligen cuidarse para poder sostenerse, juntas, aun en tiempos inciertos.
Te mando un beso inmenso TG.
